Juan Breva, el cantaor flamenco con más repercusión del siglo XIX.

"según Rojo, cuando Don Antonio Chacón comenzó profesionalmente en 1886, el Flamenco había conquistado ya los escenarios "debido a la gran expansión que este género consiguió". Prosigue Rojo afirmando: "El primer artífice de lograr llevar el Cante al teatro de una forma popular y consecuente es Juan Breva. Su voz de ruiseñor y la magistral forma de interpretar los cantes le hicieron romper los límites de los cafés cantantes y recibir las más interesantes ofertas de los grandes empresarios teatrales".

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La figura más importante en el Cante en el siglo XIX.

Definir a Antonio Ortega Escalona, «Juan Breva», bien merece un receso para tomar aire y darse cuenta de la importancia oculta u ocultada de este cantaor veleño, axárquico, andaluz y universal que en su juventud vendía «brevas» en Málaga y a Málaga volvió a terminar sus días de gloria, sin duda, que pasó entre reyes y la flor y nata de la capital de España donde era incontestable.

Datos biográficos básicos.

Llamado Antonio Ortega Escalona y apodado de manera flamenca como «Juan Breva», nació en Vélez-Málaga en el año 1846. Moriría en Málaga el 8 de junio de 1918. Fue el tercer hijo de Juan y Ana. Bautizado en la parroquia veleña de Santa María La Mayor.

Nacimiento y juventud.

Según relata Gonzalo Rojo en su libro, «Juan Breva: vida y obra»; «En realidad, el nacimiento, vida y obra de Antonio Ortega Escalona, «Juan Breva», transcurre paralelo al largo periodo que abarca la era isabelina, el sexenio democrático y La Restauración, alrededor de setenta años».

Los autores Gonzalo Rojo y Miguel Berjillos (autor de «Vida de Juan Breva»), que la juventud del «Breva»  corrió por el entorno de la Cuesta de la Mora. Centrado en el trabajo de la tierra de sus padres y con sus dos hermanos. Según Berjillos, «cerca vivía un labrador llamado Palma con cualidades para el cante, y él lo escuchaba. A los ocho años ya repetía sus fandangos y cantaba verdiales

Gonzalo Rojo apunta que, «apenas cumplidos los diez años ya se entusiasmaba con las fiestas de verdiales y cantaba los fandangos lagareños que un vecino llamado Palma (citado anteriormente) le enseñaba, al tiempo que recibía lecciones de guitarra de un viejo amigo de su padre, aficionado a ella».

«Ya zagalón –prosigue Rojo– en los años de buena cosecha, acostumbraba con otros campesinos de la zona a acercarse a Málaga a vender los frutos en el mercado, y cuando la venta no se le daba bien, procuraba salir de la mercancía pregonándola por las calles de la capital». Rojo añade que: «por estar extendida la costumbre y por su naturaleza cantaora, el joven Ortega Escalona, desde El Palo a las Atarazanas, lanzaba el aire el pregón de las brevas de su tierra: / Brevas de los montes / de Vélez-Málaga / son las más dulces. /¡Las doy a probarlas!».

Sobre este asunto, apunta Berjillos que: «en una ocasión en la que acudió a Málaga para vender las brevas, acompañado por un vecino al terminar la venta, entraron en un café. Anunciaron entonces a un cantaor. Su vecino le dijo que cantaba mejor que él. Y gritó, !Que cante Juan Breva! Le acompañó el público. Y cantó. Y se ganó la primera respuesta enardecida del público. Entre los que le felicitaron estaba Rogelio Ramírez, capitán del ejercito, que se le ofreció para buscarle los contratos que quisiera en los cafés cantantes malagueños».

Relata Rojo que: «de vez en cuando acudía a Málaga a vender sus frutos y, de camino, se entrevistaba con Don Rogelio Ramírez con quien charlaba de cante y de los artistas de la época».

Edad adulta y madurez. El primer contrato en un café cantante.

Transcurrido el tiempo y sus años de mozalbete, el breva, no fue llamado a filas por librarse en el sorteo «por el número», afirma Rojo. Nos traslada Berjillos que: «trabajó en la monda, y de albañil, y que la poca economía le hizo visitar a Don Rogelio, quién le llevó al Café del Sevillano, donde tras escucharle cantar y en vista de la respuesta del público, su dueño, Bernardo, le ofreció su primer contrato». «Se le ofreció cuatro duros, cuando lo habitual era que a los mejores se les pagara entre 10 y 15 pesetas».

Prosigue Berjillos: «Cuando surgió como cantaor era Málaga un hervidero de artistas de todo género, relacionados con sus cafés cantantes, como el Chinitas, el del Turco, el de España, el Suizo y el Sevillano, así como otros también renombrados, por lo que hemos de considerar lo bien que esta capital acogió a este veleño, que entrañaba en sí mismo lo que se consideraba como una revolución en el fandango y en la malagueña, aunque, aparte de su única voz, aquello no fuese más que la manifestación íntima de lo que era su peculiar forma de manifestar sus cantes, de acuerdo con lo que fue su escuela desde pequeño, nacida de los verdiales y de los recios cantes de los gañanes, que es tanto como decir de los cantes más bravíos que puedan conocerse».

Juan Breva conoció al guitarrista Francisco Díaz «Niño de Lucena», «llamado con anterioridad El Lentejo». Este se desplazó a Málaga probando mejor fortuna, y consiguió entrar como ayudante en la barbería de Salvador Ruiz, en el pasaje de Álvarez, actualmente, Pasaje de Chinitas. Hubo de hacerse una sustitución en el Café del Sevillano del guitarrista titular, Francisco Reina «Paco el Águila». Con la suerte de que gustó mucho su actuación y se colocó como segundo guitarrista.

Es de común sabido que: «Málaga, con Cádiz y Sevilla, dieron en esta época unos cafés cantantes que fueron verdaderas cátedras para artistas flamencos» – afirma Berjillos. Juan Breva se fue haciendo un hueco entre todos ellos. Prosigue Berjillos: «Toma parte en reuniones de verdaderos catadores de arte, donde llega a saber de la variedad de los cantes de Andalucía».

Juan Breva, abandonando su etapa de juvenil, conoce en su tierra, Vélez, a la que sería su esposa, conocida como Antonia Gálvez, con la que tendría dos hijos. Después de esto, Juan Breva va saliendo de la capital malagueña para actuar en Álora, Coín, Ronda, etc y en las provincias de Cádiz, Córdoba y Granada -según afirman Rojo y Berjillos. En el cénit de su popularidad en Málaga, contaba con la edad de 29 años. Comenta Berjillos que: «Compartió éxitos con La Parrala, La Trini, Silverio Franconetti, Don Antonio Chacón y La Rubia de Málaga, La Aguada, El Perote, Los Pena, Tomás Morilla, La Antequerana, El Cojo de Málaga y La Niña de Los Peines».

Comenta Rojo que: «con sus cantes ya remodelados, en especial los fandangos veleños, Juan Breva acaparó la atención de los aficionados«. Y reproduce Berjillos en su libro un fragmento de una obra de Núñez de Prado con edición en 1904 en el que se puede leer: «Enamorado Breva profundamente del estilo de la malagueña, pero inducido por la fuerza incontestable a modelarlo, según le impusiera la índole peculiar de su propio entendimiento, hizo una revolución en la malagueña de aquel tiempo, y la convirtió en un rayo musical, porque no otra cosa es el estilo de Breva. Pero un rayo inflexible, sin espirales ni ángulos, rápido como la centella y es ardiente como el fuego: parece despreciar los adornos y floreos, como si le faltase tiempo para escapar del alma en que nace y clavarse en el corazón de los que escuchan: es un alarido que estremece hasta la medula; que horroriza, que se hunde en las entrañas con la impiedad del acero, que hace llorar la agonía del corazón que lo exhala».

Gonzalo Rojo localiza a Juan Breva en Sevilla en 1881, «al frente de veinte artistas, primer antecedente que conocemos de las posteriores compañías o troupes, que tanto se prodigaron hasta los años sesenta del siglo XIX». A pesar de darse a conocer de manera tardía, «muy pronto ya era conocido en toda España», afirma Berjillos. Según se puede leer en el libro de Gonzalo Rojo, el Breva, adquirió en 1881 dos viviendas en su localidad natal, Vélez- Málaga. Con este dato, el autor hace un descubrimiento y no es otro que, al aparecer en las escrituras de la compraventa Juan Breva con 35 años, se puede fechar el año de nacimiento en 1846, tres años después del año que reza en el monumento erigido en su localidad natal, 1843.

Durante el año 1882 trabaja en Madrid, Santander y Málaga. Durante los dos años siguientes tuvo una carga de trabajo muy importantes por toda Andalucía, Extremadura y Levante. En uno de sus viajes por la geografía española que lo llevó a Madrid, de nuevo, canta ante el rey Alfonso XII. Como señala Berjillos en su libro, compatibilizó actuaciones en el Teatro Príncipe Alfonso, en el Café del Barquillo y el Café del Imparcial. El «Breva» se puso de moda en la capital y la aristocracia bebía los vientos por su trabajo.

«Poco a poco se va afianzando -explica Gonzalo Rojo- en la villa y corte y su fama crece de día en día. Los propietarios de los cafés cantantes intentaban su contratación sin importarles el sueldo que devengara, y su situación no podía ser mejor. A su trabajo en el Café del Barquillo suma el Teatro Príncipe Alfonso con un sueldo de cinco duros diarios».  Tal y como comenta Rojo en su libro, el año 1884 fue un año de gloria para El Breva, que continuaba actuando ante el rey con relativa frecuencia.

Una nota muy importante a tener en cuenta y a destacar es que, según Rojo, cuando Don Antonio Chacón comenzó profesionalmente en 1886, el Flamenco había conquistado ya los escenarios «debido a la gran expansión que este género consiguió». Prosigue Rojo afirmando: «El primer artífice de lograr llevar el Cante al teatro de una forma popular y consecuente es Juan Breva. Su voz de ruiseñor y la magistral forma de interpretar los cantes le hicieron romper los límites de los cafés cantantes y recibir las más interesantes ofertas de los grandes empresarios teatrales».

Gonzalo Rojo añade: «El  veleño era, sin lugar a dudas el cantaor más cotizado del momento y ni siquiera el propio Silverio Franconetti podía permitirse el actuar después de él. Como nota curiosa, Julio Romero de Torres, preguntado por qué profesión le hubiese gustado tener de no haber sido pintor, responde con rotundidad: «ser Juan Breva».

La carrera de Juan Breva prosigue por toda España y, de los años 1886 al 1903, exhibe su poder de voz e interpretación por toda la geografía española. Es posible -según Rojo- que en 1888 actúen en París. Su carrera profesional con Ramón Montoya se inicia en 1896. Ésta, acabaría en 1904 de manera regular. Aunque después, de forma esporádica, vuelve a trabajar con él.

La muerte de su hijo Pepe causa una «abstinencia cantaora» -según Rojo- después de recorrer Barcelona, Castilla y otras geografías en 1906. Cuando puede medio superar la muerte de su hijo, retoma su labor en una gira por Extremadura y Madrid al final de la misma. Corría el año 1908. Ésta actuación en Madrid, en el Café de La Marina, es la última del «Breva» en la capital de España. Gonzalo Rojo nos cuenta que al volver a Málaga de un festival «a lomos de una caballería hasta la estación de Cártama, tuvo la desgracia de caer de la mula que montaba al vadear el río Pereyla, con la mala fortuna de hacerse una herida en la cabeza. Esta, aunque no de gravedad, le aceleró un poco la ceguera que ya empezaba a manifestársele».

Grabaciones y legado.

De nuevo Gonzalo Rojo, en su libro «Juan Breva: vida y obra», explica que se graba en 1910 para la International Zonophone Company cinco discos de doble cara. En éstos también graban El Niño de las Marianas, Fernando El Herrero, Niño de la Isla, Manuel Pabón, Niño Medina y La Niña de los Peines. Todos son acompañados por Ramón Montoya.

El legado de Juan Breva no se puede medir de manera cuantitativa debido a su peso como artista y al convertirse en el primer cantaor que da el salto llevando el Flamenco a los Teatros para llegar al gran público. Este hecho hace imponderable su labor que no es reconocida hoy día aún. Grabó con más de setenta años los dificilísimos cantes hoy llamados de Juan Breva, pero que en su momento eran llamados malagueñas y fandangos de Vélez. Se inspiró en los fandangos de su tierra y en los verdiales. Se prodigó por todos los cantes, pero sólo nos ha llegado en sus grabaciones las citadas malagueñas, además de su guajira, petenera y tres soleares con sello propio (llamadas soleares de Juan Breva). De sus cantes derivan, por ejemplo, los fandangos de Frasquito Yerbabuena y los del Albaicín. Además, su malagueña es tronco común y eslabón unificador con las existentes en la actualidad.

Vuelta a sus raíces y muerte.

Cuando fallece su esposa en 1913, había vuelto a Málaga ese mismo año. Muy afectado, canta sólo en ventas de poco fuste en La Caleta. Sólo de manera esporádica lo hace en Sevilla, El Café de Chinitas y algún que otro pueblo siempre sin salir de la provincia de Málaga. Según se cuenta, su último contrato, se cumplió con el Teatro Principal de Vélez-Málaga.

Comenzó a sentirse enfermo antes del verano de 1918, a principios de Junio. Fallece el 8 de junio de 1918. Se dice que varios compañeros de profesión recaudaron dinero para enterrarlo debido a la más que precaria situación económica a la que llegó Juan Breva en los últimos días de su vida. Julio Porlán afirma que «pese a que había sido favorecido por la fortuna, sus días postreros fueron de escasez. Admirado y querido, los que le conocían, sin tener en cuenta su indigencia, le llamaban, como siempre le habían llamado, señor Juan.»

Como explica Aida R. Agraso en la revista Alboreá, «sendas calles le recuerdan en Vélez-Málaga y en Málaga. El año 1958 se fundó en esta ciudad la Peña Juan Breva -que ahora también es Museo de Arte Flamenco-, y en 1970 se inauguró su monumento en su localidad natal. Su fama hizo que se vertieran hacia él numerosos elogios.»

Comenta Gonzalo Rojo que Rubén Darío afirmó: «He oído a Juan Breva, el cantaor de más renombre, el que acompaña en sus juergas al Rey alegre Don Alfonso XII. Juan Breva aúlla o se queja, lobo o pájaro de amor, dejando entrever todo el pasado de estas regiones asoleadas, toda la morería, toda la inmensa tristeza que hay en la tierra andaluza; tristeza del suelo fatigado de las llamas solares, tristeza del suelo fatigado de las llamas solares, tristeza especial de los mismos cantos de este Juan Breva».

Es de sobra conocido el poema que dedicó Federico García Lorca en sus «Viñetas flamencas». Lo reproducimos aquí:

Juan Breva tenía

cuerpo de gigante

y voz de niña.

Nada como su trino.

Era la misma

pena cantando

detrás de una sonrisa.

Evoca los limonares

de Málaga la dormida,

y hay en su llanto dejos

de sal marina.

Como Homero cantó

ciego. Su voz tenía,

algo de mar sin luz

y naranja exprimida.

 

Bibliografía y guion:

  • Aida R. Agraso, revista «Alboreá».
  • Bejillos, Miguel. Vida de Juan Breva. 1976.
  • Rojo Guerrero, Gonzalo. Juan Breva: vida y obra. Malaga, 1992.

Jesus D. López.

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