María Terremoto rompe el cerco de Álora en su Festival de Cante Grande.

Álora es cuna de malagueñas, de esas que pierden el toque arcáico dórico que tenían, por ejemplo, las de Juan Breva. Perotes eran los Pena, El Canario y Diego que moldearon el cante por malagueñas hasta definir su propio estilo cada uno de ellos. Álora, como polo del Cante, merece un festival que la sitúe donde merece y esta edición va por ese camino.

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El Festival.

El Festival de Cante Grande de Álora presentaba un cartel de vértigo en su edición número 48 con homenaje a un paisano histórico de la localidad, José Vázquez: «Pepito el de Encarnación». Homenajear a nuestros mayores es cómo homenajearnos a nosotros mismos presentado nuestros respetos a la memoria colectiva.

Álora es cuna de malagueñas, de esas que pierden el toque arcaico dórico que tenían, por ejemplo, las de Juan Breva. Perotes eran los Pena, El Canario y Diego que moldearon el cante por malagueñas hasta definir su propio estilo cada uno de ellos. Álora, como polo del Cante, merece un festival que la sitúe donde merece y esta edición va por ese camino.

Se agradece el formato de menos es más. Menos cantaores y de calidad para que no nos den las claras del día en jornadas de cante maratonianas sin fin e insoportables. El sonido impecable.

El Pibri.

Fue el que abrió la noche flamenca y lo hizo como tenía que ser, por malagueñas. No esperaba menos del festival ni del cantaor de la saga Vergara, arraigada en la osamenta misma de la piedra de la montaña donde se erige Álora. Acompañado por El Niño de Aljaima cantó una malagueña de La Trini, una malagueña de su cosecha y unos abandolaos de su propio «costao». La malagueña de El Pibri me recuerda a surcos perotes de Diego (El Perote) y en ocasiones, a la del Niño de Vélez; aunando rebalajes con tierra de labranza. El abandolao suyo, camina hacia Coín para encontrarse con el fandango de La Jimena. El Pibri tiene una de las voces más flamencas del panorama nacional, con un quejío milimétrico, voz clara y rotunda al mismo tiempo.

No le damos valor a estos cantaores de estirpe con el camino ya hecho, que son valientes y no se pliegan a las listas de éxitos de los cantes de moda. Hizo una serrana, con sus cerca de ocho minutos. Sí sí, una serrana señores, que también existen y son muy malagueñas, por cierto; comparten origen, como todos, en los fandangos malagueños de Ronda (como el polo, la caña, la soleá…pero eso es para otro día).

Hizo unos fandangos de la Calzá, se acordó de Juanito Maravillas e introdujo letras de la más rabiosa y penosa actualidad. Luego pasó por un cuplé por bulerías revistiéndose de compás como lo hacía El Sevillano y el Canalejas de Puerto Real.

Paco Almadén.

Con Antonio Gámez a la guitarra, exquisito, Paco comenzó con unas milongas de las que no cantan los niños de veinte años teniendo él ochenta y varios. Es un valiente, como El Pibri. Ellos son guardianes de nuestros tesoros flamencos. Esta gente enriquece los festivales monótonos de tientos, soleares, siguiriyas y alegrías.

Supo hacer sus guiños a la tierra, como debe ser, con unas malagueñas de El Canario, otras de Baldomero Pacheco, que en muchas grabaciones aparecen tituladas como «Malagueñas de El Pena». Remató el guiño con unos Cantes de Juan Breva, con lo que eso tiene de exigente.

Luego se fue a su tierra, Sevilla, para cantar una soleá de Triana. Pasó en ellas por Naranjito y El Cabrero. Luego, insistiendo en la valentía, pregonó unos caracoles para terminar con unos fandangos de acompañamiento exquisito de guitarra, pasando por el Niño del Gloría y El Pena.

El baile.

El festival contó con un cuadro de baile, el de Macarena López, de escuela sevillana sin estridencias ni sobreactuación de absurdo pseudovanguardismo. Con un acompañamiento de cante sorprendentemente grato, ojo al integrante masculino y la voz que proyecta.

Arcángel.

A la guitarra de Miguel Ángel Cortés de Granada se sumó el acompañamiento a palmas, percusión y coros de «Los Melli». Comenzó Arcángel con un maxi single de más de veinte minutos y los versos de la «Leyenda del Tiempo» por tientos. Dentro de este mega mix hizo, siempre desdibujadamente y casi irreconocibles, los Cantes de Lucena desacompasados, rondeñas a coro y percusión como los tangos; caña de los «Morente» floja y casi tarareada y unas soleares por bulerías(?). Fue como un popurrí de cante sin daño ni sangre, carente de alma, frío como el hielo. Tiene buena voz, pero la utiliza para el Flamenco que para mí es pseudoflamenco o de «fast food». Entiendo que tenga su público. Yo no me encuentro dentro de esa categoría.

Al fin se puso el traje de faena y se metió en Levante para hacer una taranta(?). Pero volvió a unas alegrías que convierte en tristes, monótonas y aburridas.

María Terremoto.

Aquí no hay imposturas. Aquí hay sangre. A María, sino le viniera el apodo de familia habría que volver a ponérselo. Es de verdad porque siente el cante. Lo sabes porque es incapaz de quedarse quieta en la silla. No canta, vive en el Cante y ella misma es Cante. Sus arreones no se pueden ensayar ni coreografiar. Empieza sentada y no puede estar ahí. Cuando produce cante, éste la arrebata; y como resortes se levanta, baila, gesticula con vehemencia tan real como los bronces de su estirpe.

Ella misma ha dicho que oye a Aretha Franklin, Nina Simone, La Paquera de Jeréz, entre otros. Se nota la mixtura de la fuerza de Aretha y La Paquera, añadiendo todo el poso cultural milenario andaluz. Comenzó con cañas. Fue de menos a más. Huracán en las bulerías, regodeándose en los tangos y parando en las mineras, cartageneras, haciendo unas tarantas profundas con su sello de fuerza. Volvió a explotar con micro y sin micro, transmitiendo al público su verdad y, como suele pasar, cuando das verdad a la gente se da cuenta y te lo agradece. Hay que echarle de comer aparte.

 

Jesús López.

Flamencología.org